Recuperar la conciencia hegemónica

VENEZUELA | Por Ayelén Correa – En tiempo de crisis, dificultades y errores recurrentes (vengan de la dirección que vengan), los sectores reaccionarios y conservadores pareciera que poseen la capacidad, técnica e histórica, de acumular a su favor. Muchxs nos preguntamos en este momento hacia dónde pudiera ir el destino institucional de la Venezuela bolivariana, en un contexto de presión económica exacerbada y un clima de descontento y desmotivación social evidente.

“Sinuosos tiempos, estaciones, caminos que nos tocan, / propicios para el heroísmo más completo / o para guardarnos como cautelosos erizos.”

Chino Valera Mora, Canción del Soldado Justo, 1961.

“…el otro modelo que nosotros estamos planteando, la alternativa al capitalismo, debe ser asumido y percibido por el pueblo. Eso es lo “humanamente gratificante”, según el escritor István Mészáros. Hay que entender entonces de qué se trata lo humanamente gratificante. En primer lugar, que uno se sienta moral, espiritualmente lleno, socialmente útil y para eso se requiere conciencia.”

Hugo Rafael Chávez Frías, Cuadernos para el debate, 2011.

Luego de que en los últimos tres años se intensificaran los ataques de la oposición política local, después de incesantes acciones desestabilizadoras de la paraoposición1, y de una crisis económica que tiene múltiples aristas, un sector del pueblo venezolano -abiertamente opositor- viene manifestando su descontento con la conducción política del país (aunque lo que se expresa en el lenguaje cotidiano sea cabalmente, un descontento con el gobierno bolivariano).

Las bases chavistas y politizadas, por su parte, lo han manifestado con la desmovilización y con la disminución en la participación de los espacios democráticos aperturados, pero también lo ha manifestado en su falta de motivación para asumir los nuevos espacios de formación y compromisos colectivos, con apatía y una sensación de incertidumbre.

Más recientemente, la población en general, ha expresado su descontento mediante su participación electoral el pasado 6 de diciembre de 2015, en las elecciones legislativas al Parlamento Nacional.

A pesar de las importantes posibilidades jurídicas que la Constitución y las Leyes le otorgaron al pueblo organizado para asumir su papel frente a la historia, a pesar de la experiencia acumulada en la gestión y acción comunitaria; hoy una gran parte del pueblo venezolano quiere un Estado que le resuelva los problemas. No por falta de capacidad protagónica ni de interés para asumirlo, sino porque el mismo Estado, a través de su aparato burocrático y militar, extremadamente unitario y centralizado, no ha permitido que sean esas organizaciones populares las que asuman el poder en sus territorios para enfrentar los problemas que más las aquejan.

La institucionalización del Poder Popular es una de los grandes falencias del proceso revolucionario en su brazo gubernamental, donde se ha extendido una relación interdependiente, que hace que Poder Popular y Estado se necesiten mutuamente para tener sentido de funcionamiento y operatividad. El apuntalamiento del Presidente Hugo Chávez en Octubre de 2012 para “territorializar el modelo” se ha convertido en una tarea administrativa menospreciada y rutinaria, que lejos de territorializar el llamado Socialismo Bolivariano del Siglo XXI, lo que ha hecho es desarrollar un entramado de relaciones tuteladas, donde la institucionalidad del Estado impone agendas y temas de debate, desterritorializando las experiencias de organización, y legitimando una falsa supremacía del poder constituido sobre el constituyente.

A seis meses de las elecciones del 6 de Diciembre de 2015, los problemas de desabastecimiento e inflación no se detuvieron. Por el contrario, el pueblo venezolano sigue sin acceder a los bienes y servicios necesarios para “el buen vivir”, pagando -aquellos que pueden- costos cada vez más altos a las redes de comercialización de los productos acaparados y contrabandeados. Es decir que, el voto de confianza que un amplio sector del electorado prestó a la oposición venezolana cayó en un saco roto. Y el pueblo, de a pie, todavía se interroga sobre cómo salir de este laberinto, que las figuras públicas y los liderazgos políticos redujeron a la demagogia o al desprecio.

En un contexto de iniciativa opositora para revocar al mandato del presidente Nicolás Maduro, y de procesos electorales inminentes, como las elecciones a gobernaciones para este año y elecciones a alcaldías para 2017; el proceso de la Revolución Bolivariana se encuentra en una encrucijada institucional determinante.

Bien lo señalaba Antonio Gramsci: para lograr la hegemonía, la conquista del poder gubernamental y la dirigencia de clase son igualmente necesarias. No obstante, aunque se logre el poder gubernamental, si no se posee la capacidad de dirigir, mantener y consolidar esa dirigencia, no se logrará el equilibrio en el poder.

Ahora bien, si la derecha posee la capacidad de acumular fuerzas en periodos de crisis, existe la posibilidad de que, en el marco del descontento generalizado y de la desmovilización de un sector de la población, pueda generarse un escenario de crisis identitaria, donde el pueblo venezolano -signado por una encarnizada polarización política partidaria-, no se reconozca en las fuerzas políticas hegemónicas y caiga en las terceras opciones (que nunca son tales), perdiendo el enorme potencial acumulado como sujeto social colectivo y cayendo en una trampa histórica de “cambiar algo para que nada cambie”.

Cierto es que, frente a una crisis identitaria de tal magnitud, pudiera surgir un movimiento popular auténtico, que enarbole las banderas de la autogestión y la soberanía de los pueblos. Cumpliendo su mandato histórico de consolidar un Estado Comunal, a través de los autogobiernos comunales. Pero, también es viable que los sectores económicos concentrados y la derecha transnacional (que ya ha avanzado en otras naciones), confluyan en una “nueva” identidad, con “nuevos” roles, sujetos y símbolos; reconfigurándose como fuerza política, acumulando todo el descontento social y la crisis económica que ellos mismos crearon.

Por regla general, las revoluciones populares deben ser humanamente gratificantes. La Revolución Bolivariana como proceso histórico, político y social debe ser gratificante para el pueblo venezolano y la integración latinoamericana. Si la batalla cultural por una transformación en los valores éticos y los modos de vida es una batalla del pueblo, se seguirá luchando hasta lograr consolidar la fortaleza de ese bloque histórico que permita la verdadera emancipación. Sólo el pueblo venezolano y una vanguardia dirigente puede salir de este laberinto.

Autora: Ayelén Correa

País: Venezuela

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