¡Ay, Bolívar!

El señor ese de la Asamblea inventó un mote para Bolívar. Pienso que si Bolívar lo oyera se pensaría arrojado al batallón de los pardos quienes tenían menos derechos que los blancos criollos que peleaban por derechos políticos, esos que sí tenían los blancos peninsulares o sea, nacidos en la metrópoli pues. Pienso que se pensaría como un negro esclavo esperando el Decreto de Ocumare o el de Carúpano, para alistarse en el ejército y ganarse su libertad. La libertad suya suyita, no la de su familia. O tal vez cimarroneando y huyendo con el pana Boves que no solo te ofrecía libertad, sino también la oportunidad de vengarte de los 300 años de esclavitud transcurridos hasta esa época.

Tal vez el señor ese de la Asamblea no haya tenido la oportunidad de leer sobre el general en su laberinto porque no pierde tiempo en majaderías, y no supo que “El más antiguo de sus retratos era una miniatura anónima pintada en Madrid cuando tenía dieciséis años. A los treinta y dos le hicieron otro en Haití, y los dos eran fieles a su edad y a su índole caribe. Tenía una línea de sangre africana, por un tatarabuelo paterno que tuvo un hijo con una esclava, y era tan evidente en sus facciones que los aristócratas de Lima lo llamaban El Zambo”. El “amulatado” lo llamaría este señor de la Asamblea. “Pero a medida que su gloria aumentaba, los pintores iban idealizándolo, lavándole la sangre, mitificándolo, hasta que lo implantaron en la memoria oficial con el perfil romano de sus estatuas”. Así como el “clásico” pintado por Gil de Castro que le gusta al señor este de la Asamblea. Dígame eso, qué tiene que venir a decirle García Márquez al señor de la Asamblea sobre Simón Bolívar.

Más atrás llega el amulatado de Ibsen Martínez, el mismo del fandango de locos o sea de la merienda de negros que según él fueron los funerales del Comandante Supremo, a desmentir jalaboléricamente la leyenda del Bolívar zambo, porque según él “Bolívar fue, nadie lo duda, aristócrata y rico: un gran cacao, un blanco criollo descendiente directo de vascos llegados a Venezuela en el s. XVII. En 1825, posó en Lima para el retratista Gil de Castro, y dictaminó que el resultado era “de la mayor exactitud”. En ese retrato, las peninsulares facciones del héroe son el cruce perfecto entre un José María Aznar, narigudo, con bigotazo, y un Imanol Arias chaparrito y de incipiente calva”.

Qué desperdicio de intelectualidad…

 

Beatriz Aiffil

Venezuela

Publicado en Correo del Orinoco, Caracas, 24 de enero de 2016

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